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miércoles, 13 de abril de 2011

Cuando Elena Dió el Final


Por Beatriz Liliana Eslimán*

Esa mañana Elena salió de su casa, como siempre, con el apuro de llegar a horario a su trabajo. Llevaba un abrigo largo azul, a manera de un biombo que escondía su espléndida silueta, ya promediaba los cuarenta años, pero todavía, a pesar de sus esfuerzos de esconderse, su andar apurado le marcaba el contoneo de sus caderas originados por la corrida matinal. Tomó, en la Estación Coghland, el tren de las siete y treinta con destino a la  Estación Terminal de Retiro, aún  a esa hora quedaba  todavía algún hueco para que ella subiera antes de que se colmara de pasajeros. Llevaba una chalina turquesa que cubría su rostro y su fino cuello, pues el frío era intenso a aquellas tempranas horas de la mañana.

Ni bien se desocupó un asiento, ella se sentó, y posó su mirada en el hombre que estaba frente a ella, ese rostro le era tan familiar y conocido, ya que no había día que no se topara con él en su trayecto hacia la oficina. La primera mirada entre ambos significaba un saludo  sin palabras, la segunda mirada, ya los hacía cómplices de un sentimiento  extraño que de a poco les iba ganado el corazón. Ambos desconocidos  bajaron en la estación de Retiro, cada uno tomó diferentes direcciones,  mientras  la niebla, todavía  cubría la ciudad invernal y  no dejaba ver  con claridad la Torres de los Ingleses, ni los altos edificios del Barrio de Catalinas.
Como siempre,  Elena ese día caminó  lento por la inmensa plaza, luego cruzó la ancha avenida  y se dirigió hacia la elevada Plaza San Martín, que con sus árboles añosos, la protegían  del rocío que aún caía en esa especial mañana de agosto. Sabía  que  esta jornada en su trabajo le iba a ser hostil, pero la razón  precisa  de tal  rechazo no era su  tarea de traductora en la agencia de comercio exterior, sino porque  internamente presentía que hoy sería el día de la definición…
Subió al ascensor, hacia el vigésimo piso, y al entrar en la espaciosa  y moderna oficina, inmediatamente los  grandes ventanales  le daban la bienvenida con vistas al Río de la Plata, y si no fuera por la época del año, ella  hubiera  disfrutado en cada entrar el divisar de las costas del Uruguay desde aquellas alturas porteñas.
Entró a su despacho vidriado, y espió para ver si Ignacio había llegado. Y para su asombro, él ya ocupaba su cómodo sillón y estaba dando los primeros tipeos al teclado de su computador. Seguramente  estaría  entrado a algún sitio de Internet para ver las últimas noticias en las cotizaciones de las bolsas de Oriente  que a esa hora,  ya habían cerrado;  para luego  emprender un día lleno de llamados, e-mails y faxes, que le dieran órdenes y contraórdenes  para resguardar el dinero ajeno. En un costado del  escritorio de Ignacio,  había una foto desde donde su esposa y su hija le sonreían con una bella montaña nevada de fondo.
Elena, se quitó su abrigo, y este día irradiaba luz propia, lucía magnífica, con un fino vestido de color natural, tejido en la lana de seda, y unos zapatos altos que le daban el toque femenino, que ella quería siempre ocultar, vaya a saber uno porqué motivo  en su   rutinario recorrido hacia la oficina.
Esperó que Ignacio viniera a saludarla, y efectivamente a menos de cinco minutos de su llegada, éste se acercó, con la indiferencia de siempre  y con un tibio beso la saludó en la mejilla y luego se dirigió a su escritorio siguiendo con  su trabajo como todos los días; ella quedó sola, como siempre…, y esta soledad la iba desangrando día tras día,  hasta que la jornada finalizara y emprendiera el viaje de regreso a su hogar, en donde el tibio beso se repetía con un poco efusivo “hasta mañana”. Cada saludo para Elena, era como un sorbo amargo, otra nueva desilusión, pero ese día  fue distinto; Ignacio esperaba un llamado de Wall Street para cerrar el último acuerdo del día.
Eran las siete y media de  la tarde en Buenos Aires, el sol ya se había escondido, hasta el día siguiente, y por  aquellos ventanales, entraba una tímida luz de luna mezclada con las luces de la calle. Las ventanas vecinas se iban apagando lentamente  e  iban indicando el fin del día laboral.
Todos los integrantes de la compañía de Comercio Exterior iban retirándose  a sus hogares, pero Elena, permaneció, bajo el pretexto de que aún le quedaba un e-mail urgente  por traducir;  entonces ambos quedaron solos, ella contempló desde el vidriado de su despacho a Ignacio con un dejo de tristeza y melancolía, con amor y desilusión , sentía el despecho de aquel ser tan cercano en proximidad y eso le alimentaba sus ocultas intenciones, no quería tomar la decisión que por su cabeza había estado pensando por meses, pero esa era su oportunidad…quizás su única y última oportunidad. Aún en estado de  desesperación  y de lo que iba a cometer, Elena se veía hermosa, a  pesar  que el  despecho le iba a permitir dar el punto final a esta historia que nunca fue para ella  más que un saludo, una mirada casi indiferente y un hasta mañana despojado de amor.
Luego de una hora de  permanecer en la oficina a destiempo, Elena bajó rápidamente los veinte pisos que la distanciaban de la calle, era tal el apuro por salir, que ni se dió cuenta que sus ojos derramaban lágrimas incontenibles,   aquellas  que por años  había guardado en su solitario corazón, frente a la indiferencia más fría y cruel de Ignacio.
Llevaba su abrigo largo azul, que por suerte tapaba su vestido claro,  y en ese instante advirtió que era bueno tener un abrigo tan largo, porque debajo, se escondían  varias manchas de  sangre y como siempre el abrigo tapaba…ese día tapó más …. había sido el día de su “definición” el darle fin a la vida de Ignacio junto a su desprecio consciente y  a su locura de amor.
A la mañana siguiente, Elena ya no estaba en el tren de las siete treinta con destino a  la Estación Terminal de Retiro, y su compañero del viaje cotidiano se asombró de su “ausencia sin aviso”.
Mientras tanto, Elena estaba a esa misma hora frente al Juez de Instrucción, callada…muda, ninguna palabra salía de su boca, solo su corazón se atrevía a seguir derramando lágrimas, como única manifestación de vida. Era una inerte Elena que sollozaba sin más aferrándose a su largo abrigo azul….
Dicen que hoy en día en la Cárcel de mujeres, Elena sigue sin hablar, solo de vez en cuando murmura un nombre, el de Ignacio  y llora sin cesar  y   un hombre  extraño y solitario, que  ella dice no recordar, la visita todos los domingos porque extraña su dulce  mirada y compañía en el tren matinal,  que  ahora  lo  lleva  a la estación de Retiro, en soledad.
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*Beatriz Liliana Eslimán es abogada y escritora, nacida en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina en 1963. Cursó sus estudio de  Abogacía y Procuración en la Universidad Nacional de Buenos Aires, egresando en el año 1987. Ejerce actualmente su profesión, pero desde niña ha sido  fiel lectora de los clásicos de la literatura Universal, quienes la han influenciado literariamente. Actualmente reside en Buenos Aires y  escribe en forma  autodidacta y amateur.

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