Por Juan Arturo Piedrahita*
“La llegada del objeto. (Aparición de los monstruos, aterrizaje de la nave espacial extraña, etcétera.) Habitualmente, esto es presenciado o sospechado por una sola persona, un joven científico en el curso de un trabajo de campo. Nadie, ni sus vecinos ni sus colegas, le creerá durante un tiempo…”[1]
Pensar sobre una imagen es ante todo un abordaje desde el conocimiento propio, ya sea cultural, mediático o incluso intuitivo, es situarse desde un punto para saber, o pensar que se sabe, qué es lo que se está mirando. Es un intercambio entre la imagen mirada y la imagen aprendida, de ahí que muchas veces las películas, series y programas de televisión no sean más que un deja-vu continúo de sus antecesores.
Sabemos cómo es el encuadre de cierta trama de cierta película, aunque no la hubiésemos visto antes; sabemos también como será la presentadora de las noticias, o sus gestos de risa, o seriedad, aunque nunca antes la hubiésemos visto. Y esto no obedece para nada a una suerte de talento premonitorio, ni a alguna clase de arte de adivinación, deriva precisamente de la imagen aprendida, el conocimiento de lo parecido del que habla José Luis Brea; es el agotamiento de las representaciones de la imagen, es la imagen que se parodia a si misma o su símil lo que nos indica una y otra vez que lo que vemos obedece a algo ya visto.
Sabemos cómo es el encuadre de cierta trama de cierta película, aunque no la hubiésemos visto antes; sabemos también como será la presentadora de las noticias, o sus gestos de risa, o seriedad, aunque nunca antes la hubiésemos visto. Y esto no obedece para nada a una suerte de talento premonitorio, ni a alguna clase de arte de adivinación, deriva precisamente de la imagen aprendida, el conocimiento de lo parecido del que habla José Luis Brea; es el agotamiento de las representaciones de la imagen, es la imagen que se parodia a si misma o su símil lo que nos indica una y otra vez que lo que vemos obedece a algo ya visto.
De alguna manera nos hemos convertido en el espectador que espera encontrar lo reconocible en lo que ve, buscamos que nuestro conocimiento sea afirmado por su nueva representación, y de esta manera obtener de la imagen lo que ya sabemos, es la pregunta desde la respuesta. Y allí se encuentra parte de la diferencia a veces insondable entre lo tradicional y lo nuevo, entre la comodidad y la incertidumbre, desde situarse en lo conocido e intentar interpretar desde la seguridad del intelecto. La venganza del intelecto, o enfrentarse a la abismal incertidumbre de estar a la deriva en un mar de propuestas que la proponen a su vez como su punto cardinal [2].
Es de estas últimas de donde surge el miedo, miedo precisamente de lo desconocido. “De pronto algo comienza a comportarse de modo extraño; o alguna inofensiva forma de vegetación crece monstruosamente y echa a andar” [3]. Es la incómoda inestabilidad que hace tambalear el punto seguro de observador y su inoperancia en cuanto a lo desconocido, ahora es el momento del ataque, del rechazo, de la incapacidad de ponerle un nombre ya aprendido, no querer verlo, y por último quererlo interpretar es decir hacerlo parte de lo que se sabe, hacerlo operante ante el código, pero como afirmaría también Sontag “interpretar es empobrecer, reducir el mundo, para instaurar un mundo sombrío de significados”, si el espectador se sobrepone al temor seguramente podrá enfrentarse a lo otro, podrá ser consciente de la mutación propuesta y del momento en que esta ocurre ya que por lo general ocurre acorde a las circunstancias que lo envuelven, es posible que a su vez esté aprendiendo otra imagen , pero esto tendrá que enfrentarlo luego… en la temible segunda parte.


